LA PAZ EN UN MUNDO PERTURBADO

Paz

“Paz, ¿dónde se encuentra la paz; para las naciones, los hogares y sobre todo para el corazón y la mente?” Este clamor agonizante ha resonado por todas las edades. ¿Es el clamor de tu corazón, también?

Muchos están cansados y preocupados. Sin duda, hay una necesidad de dirección y consejo, de seguridad y confianza. Necesitamos y queremos paz.

¡Qué tesoro es la paz! ¿Se puede encontrar este tesoro en un mundo de tanto conflicto y desesperación, confusión y dificultad?

¡La gran búsqueda ha comenzado! Multitudes buscan la paz por medio de la fama y la fortuna. La buscan en el placer y el poder, por medio de la educación y el conocimiento, en las relaciones humanas y en el matrimonio. Desean llenar sus mentes con el conocimiento y sus bolsillos con la riqueza, pero sus almas permanecen vacías. Otros están tratando de escapar de la realidad de la vida con las drogas o el alcohol, pero no encuentran la paz que buscan. Quedan vacíos y solitarios, siempre en un mundo atribulado y con la mente inquieta.

La humanidad en confusión

Dios creó al hombre y lo puso en un jardín hermoso para que disfrutara de la perfecta paz, gozo y felicidad. Cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios, de inmediato sintieron culpa. Antes, ellos anhelaban estar en la presencia de Dios. Ahora, se escondieron por vergüenza. La condenación y el temor tomaron el lugar de la paz y la dicha que antes conocían. El pecado del hombre fue el comienzo de un mundo perturbado y la inquietud humana.

Aunque el alma anhela a Dios, la naturaleza pecaminosa está en contra de Él. Esta lucha interna produce una tensión y angustia. Cuando nosotros, como Adán y Eva, somos egoístas en nuestros deseos y ambiciones, llegamos a ser ansiosos e intranquilos. Cuanto más nos centramos en nosotros mismos, más atribulados estaremos. Las incertidumbres de la vida y el mundo cambiante y decadente causan la inseguridad y estorban nuestra paz.

Es posible que el pecado sea la razón por tu inquietud, aun si no lo has reconocido ni admitido. Muchos buscan la paz entre las cosas materiales y temporales. Inculpan al mundo perturbado por su inquietud, pero no reflexionan en sus propios corazones como deben hacer.

Jesucristo, el Príncipe de Paz

No puede haber paz hasta que todos los aspectos de la vida estén en armonía con el que nos creó y nos entiende. Esto es posible solo por medio de una entrega completa a Cristo. Él no solo es el maestro del mundo, sino también conoce nuestra vida desde el principio hasta el fin. Estaba pensando en nosotros cuando vino al mundo “para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; Para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lucas 1:79).

Jesús ofrece luz en lugar de tinieblas, paz en lugar de contienda, gozo en lugar de tristeza, esperanza en lugar de desesperación y vida en lugar de muerte. En Juan 14:27 dice: “La paz os dejo, mi paz os doy. . . No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”.

El arrepentimiento lleva a la paz

Cuando sientes la carga pesada del pecado sobre ti, el remedio es “arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados” Hechos 3:19. Jesús te invita a esta experiencia más bonita y transformadora de tu vida. 1 Juan 1:9 promete: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. ¿Aceptarás su invitación?

Cuando llegas a Jesús, hallarás el perdón y la libertad. En lugar del resentimiento y la irritación, tu corazón se llenará de amor y misericordia. Cuando Jesús reina en tu corazón, tendrás amor para con tus enemigos. Esto es posible por medio del poder de la sangre redentora de Cristo.

La paz duradera

Para el cristiano, la fe en Dios y la confianza en su cuidado son los antídotos contra el temor y la ansiedad. Que tranquilo es confiar en un Dios que nunca cambia y que es eterno. Él nos ama y siempre cuidará de nosotros. Entonces, ¿por qué te preocupas? Aprende hacer como se lee en 1 Pedro 5:7: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. También tenemos la promesa: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isaías 26:3).

Con Jesucristo en tu corazón, tu búsqueda para la paz se ha terminado. Él te dará una paz y una calma que solo viene por medio de confiar en Él. Entonces podrás decir juntamente con el poeta:

Yo conozco una paz, donde no había,

Una calma, donde ruge el viento feroz,

Un lugar secreto donde puedo ir,

A ver la faz de mi Maestro.

                                -Ralph Spalding Cushman

¡Tú gozarás de la paz en un mundo perturbado! Abre la puerta de tu corazón a Cristo ahora mismo y algún día Él abrirá la puerta de la gloria para ti. Allí la paz perfecta reinará y jamás terminará.

ESCAPAR DE LA DESESPERACIÓN

Out of despair

Recuerdo cuando niño que vivía en una casa muy pequeña en una reserva con mi padre, madre y hermano pequeño. La casa tenía dos pequeñas habitaciones y un entretecho. Puedo recordar estando sola en varias ocasiones con mi hermanito, comiendo avena cruda y dando leche en polvo a mi hermano en su biberón. Mi madre y padre iban a la ciudad a tomar y no volvían hasta por un día o más. Muchas veces nos quedábamos en un vehículo fuera de la cantina hasta tarde en la noche esperando a nuestros padres. Salían y nos daban papas fritas y soda y otra vez entraban.

Recuerdo que una noche mis padres me acostaron en la cama y salieron. Pude verlos caminando en la oscuridad hacia la carretera donde pedían aventón para viajar al pueblo. En vano, yo llamaba y lloraba, pero ellos seguían caminando. No regresaban por varios días. Recuerdo que iba a donde mis vecinos a quedarme con ellos. De vez en cuando yo volvía a casa a ver si mis padres habían vuelto, y por fin un día los encontré allí. Mi mamá estaba lavando la ropa, pero no sé dónde estaba mi padre. A veces mi madre dejaba a mi padre. Luego mi padre iría en busca de ella para traerla a casa. Pelearon mucho.

Creo que fue durante este tiempo que alguien denunció nuestra situación a los servicios sociales porque no mucho tiempo después la policía vino y llevaron a mí y a mi hermano. Recuerdo que trataba de huir y mi padre, llorando, me agarró y me dijo que tenía que ir. Yo estaba sentada en el coche de la policía, llorando. Me llevaron a un lugar desconocido. Luego me llevaron a un hogar de acogida. Estaba con un hombre y una mujer. El hombre no era un buen hombre. Fue una experiencia mala.

Después la trabajadora social vino y me llevó a un internado. Apenas tenía 6 años.

Recuerdo que fui a donde vivía mi tía. Subí la colina corriendo a una antigua casa de palma donde mi tía estaba sentada en la mesa comiendo. Mi madre estaba allí. Me llenó de alegría al verla. Ella fue conmigo y la trabajadora social para encontrar a mi papá. Fuimos a una cantina donde le encontramos. Estaba tan borracho. Me llevó a una tienda y me compró todo tipo de dulces para llevar a la escuela. Cuando llegamos a la escuela me enviaron al patio de recreo mientras mi papá, madre y la trabajadora social tuvieron una reunión.

Mi papá salió al patio de recreo tambaleándose y llorando, queriendo despedirse de mí. Lloré y grité y no quería despegarme de él. Fue la última vez que le vi. Él murió esa Nochebuena, borracho y peleando. Por mucho tiempo, sola, yo lloraba la muerte de él. Lloraba y caminaba por el campo hablando con Dios y con mi papá en las nubes. Yo dejaba trozos de papel u otras cosas en un lugar específico y decía a mi papá que lo recogiera si él me podía escuchar. Muchas veces los encontraba en el mismo lugar.

Ese verano recuerdo que fui a la casa de mi abuelo y abuela. Mi madre estaba allí. Yo todavía esperaba ver a mi papá. Mi madre lloraba mucho y cantaba: “¿Cuán lejos es el cielo? Yo quiero saber. Amo a mi papá, y lo quiero ver.”. Yo quería mucho a mi madre; me llamaba su nena. Ella era muy bonita y siempre se vestía muy bien. Ella iba al sur para recoger manzanas en el otoño del año.

Un año mi madre volvió a casa con un hombre desconocido. Cada año que ella vino a la casa de mis abuelos estaba embarazada. Dejaba al niño con mi abuela.

Yo era la segunda de nueve hermanos. Mi abuela había dejado de tomar y asumió la responsabilidad de cuidar de nosotros. Mi abuelo se dedicaba al trabajo agrícola para ganar dinero. Mi abuela recibía fondos del gobierno para cuidar de nosotros y la vida parecía normal por algunos años.

La casa era vieja y amplia y muchos parientes venían a pasar la noche. Tomaban y hacían fiesta. Mi hermana y yo estábamos asistiendo a una escuela pública. Mi abuela hacía mucha costura para que nosotros siempre estuviéramos bien vestidos. Ella también era muy buena cocinera.

Hicimos todas las cosas normales de niños: montar bicicleta, nadar, el patinaje, la pesca, tirarse en trineos y las tareas del hogar. En tiempo del verano, caminábamos de noche al arroyo para bañarnos. No teníamos mucho, pero la abuela nos enseñó todo lo básico de la etiqueta, limpieza y trabajo.

Cuando tenía diez años me parecía que mi abuela era muy estricta. Nos azotaba con un palito de sauce que nosotros mismos tuvimos que ir a elegir, y si no era suficientemente fuerte ella conseguía una más gruesa.

Con el tiempo ella empezó a tomar otra vez. Una mujer le había convencido de probar la ginebra de limón porque era tan bueno. Nuestro mundo normal comenzó a desplomarse.

Fue durante este tiempo que yo fui violada. Después de eso no me importaba lo que ocurría. Yo peleaba, hacía novillos y comencé a fumar. Me estaba poniendo rebelde.

Fui separada de mis hermanos, a excepción de Jorge. Él fue adoptado en un hogar inglés cuando era un bebé.

El último año que nos mandaron a la escuela residencial me metí en un montón de problemas. Robaba comida de la cocina. Todavía mojaba la cama. Probaba muchas cosas para poder dejar de mojar la cama. Me sentí mal, despreciada, avergonzada, menos que humana, enojada y lastimada. Parecía que donde quiera que fuera, siempre llevaba un dolor que no podía entender ni identificar. Recuerdo que fui a la ciudad un sábado. Estaba con unas chicas y robamos una botella de whisky de un hombre borracho en la calle y nos emborrachamos. Me enviaron al reformatorio para jóvenes por seis meses.

Después volví a vivir con mi abuela. Fue la última vez que vi a mi hermano Manny, hasta que le vi 21 años después en el funeral de mi hermano Tony. Tony se había ahorcado, y sus dos hijos lo encontraron en el sótano de su casa. Manny fue severamente afectado por el síndrome alcohólico fetal (SAF) debido a la fuerte adicción de mi madre y el padre de él. Mide 135 centímetros de altura con la frente saliente, ojos pequeños, labios grandes y con una mentalidad de un niño de 6 años de edad. Todo por culpa del alcohol. Él casi no podía creer que yo era su hermana; estaba tan feliz de verme. Él siempre me tocaba, sonría y se quedaba a mi lado.

Llegué a casa ese verano y descubrí que realmente no tenía un hogar. Viví con mi abuela y su hermana por algún tiempo y por otro tiempo en bodegas de mis amigas. Íbamos al basurero para conseguir comida que las tiendas de abarrotes botaban allí. Ese año tuve varias experiencias malas con el alcohol. En el otoño mis abuelos compraron una pequeña cabaña de 4,5 metros cuadrados donde vivíamos. En ese tiempo estaba asistiendo a la escuela pública, y fui tan avergonzada cuando no podía encontrar ropa limpia o calcetines emparejados que a veces no iba. Los directores de la escuela se pusieron en contacto con mis abuelos y fue entonces que me entregaron a los servicios sociales.

Me pusieron en un hogar de acogida. La mujer fue blanca y el hombre fue un indígeno. Eran estrictos, pero nos enseñaron mucho. Él nos pegaba con una manguera de jardín cuando éramos traviesos. En el verano sembramos un enorme jardín de verduras frescas para venderlas a la gente de la ciudad. Era un lugar hermoso. Nadamos en el río durante todo el verano. Nuestros padres de acogida nos daban un dinero semanal por el trabajo que realizamos.

Cuando sufría dolor o me sentía sola, haría largas caminatas por las colinas cerca de nuestra casa. Allí hablaba y derramaba los contenidos de mi corazón a Dios. No me di cuenta en ese entonces que era una terapia emocional para mí, pero sentí que me ayudaba.

Empecé otra vez a asistir a la escuela pública. Me iba bien hasta que comencé a batallar con mis calificaciones. Comencé a hacer novillos y juntarme con unos jóvenes errantes. Siempre me sentía inferior porque yo era una niña de acogida e indígena y no parecía estar al nivel de los demás.

Había comenzado a experimentar con el LSD y marihuana. La segunda vez con el LSD tuve una mala experiencia. Yo supongo que me sirvió de bien porque tenía miedo de probarlo de nuevo. Sufrí los efectos secundarios de esa mala experiencia con el LSD por varios años.

Me involucré con un hombre y quedé embarazada. Nuestra relación fue muy tormentosa. Después de que nació mi hijo, compramos una pequeña casa rodante. El alcohol me estaba venciendo cada vez más. Tenía miedo de quedarme sola en la noche y por eso tomaba para adormecerme, y mi adicción progresó. Me accidenté con el carro y no recordé nada. No tenía licencia de conducir. Mi familia, que ahora vivía más cerca de mí, no me ayudaba con mi problema con el alcohol. Intenté suicidarme varias veces porque empecé a odiar a mí mismo y a mi problema desesperada con el alcohol.

Traté de escapar a través de las drogas y el alcohol. Mi vida era sin esperanza. Probé varios centros de tratamiento y los Alcohólicos Anónimos, pero parece que no podía mantenerme sobria más de tres meses. Durante este tiempo me separé y volví a juntarme con el padre de mis tres hijos varias veces. Al fin llevé a mis hijos y me separé de él. No era fácil criar mis hijos sola, pero siempre creía en Dios y de alguna manera me ayudaba. Conocí a muchas personas que siempre estaban dispuestas a ayudar.

Conseguí un buen trabajo con una organización indígena. Entrevisté a todas las mujeres aborígenes haciendo una encuesta para el gobierno. Conocí a mi marido en un club de sobrios. Poco después de eso nos casamos. Tratamos de ajustarnos a una vida con seis niños, entre 5 y 16 años de edad. Era muy difícil. Teníamos muchas luchas. Yo sentí muy insegura. Había decidido dejarle cuando él tuvo un accidente grave, y yo no podía dejarle así. Me quedé con él, y él se recuperó. En ese tiempo hubo unas reuniones evangélicas en frente de nuestra casa. Mi marido dijo que se iba a volver a la iglesia y a Dios y que iba a ir a las reuniones. Me preguntó si quería ir también, y le dije que no. Cuando él empezó a asistir, cambié de mente y me fui con él. Este fue el comienzo de nuestra caminata al Señor.

Empezamos a asistir a la iglesia. Allí conocimos a una pareja. Él era un pastor. Les conté acerca de mi vida. Me dijeron que Dios podría ayudar. Me preguntaron a dónde iría si me muriera. Les dije que no estaba segura. Me sentí de esa manera porque estaba avergonzada de mí misma. Yo sabía que no estaba bien con Dios. Explicaron el amor de Cristo por mí. Me dijeron que él me ama y que me perdonaría. ¡Oh, el perdón! Solo él puede restaurarme, transformarme y perdonarme. No soy nada sin él. Todos cometemos errores. Nadie es perfecto. Todos sienten vergüenza, dolores y heridas. Lloré mucho y le pedí a Dios que me perdonara. Algo sucedió esa noche. Jesús entró en mi corazón. Él me salvó. No tenemos que ser cargados con los pecados de nuestro pasado. Podemos ser perdonados y seguir adelante con una conciencia libre.

Quisiera decir que la vida era perfecta después de eso, pero no fue así. Tuve que seguir haciendo frente a los retos que la vida da. Pero Jesús estaba allí conmigo. Me mantuve sobria y comencé a crecer en mi vida cristiana. Comencé a asistir a la iglesia.

En cuanto el Señor me mostraba más de la vida cristiana, mis pensamientos, acciones y creencias cambiaron. Empecé a oponerme a asuntos no cristianos en el trabajo y perdí mi empleo. Yo estaba desolada, pero más tarde me di cuenta de que fue lo mejor que me pudo haber pasado.

Empecé a ser una madre a mis hijos. Empecé a leer la Biblia en cada ocasión que podía. Dios comenzó a reprenderme acerca de mi apariencia. Comencé a vestirme más modestamente. También me deshice del televisor y el material de lectura mala. No me di cuenta de cuánto era adicta a la tele hasta que ya no la tenía.

Un día me di cuenta de los niños con quienes nuestra hija jugaba. Yo quería tener una escuela bíblica con ellos. Hice unas invitaciones y las repartí. Tuvimos la escuela bíblica por cinco días, del lunes al viernes. Cada día había más niños. El último día tuvimos un asado de salchichas y más que veintiséis niños llegaron. Les dimos Biblias a todos. Estaban tan contentos de tener sus propias Biblias y encontrar los versículos que habían memorizado. ¡Qué bendición!

Algunos años después, nuestra hija tuvo una experiencia personal con el Señor. Sabíamos que era el Espíritu que le había tocado. Fue la cosa mejor que jamás le había pasado. Creemos que Dios quiso que estuviéramos ahí para ella. Es una vida maravillosa y hermosa.

Dios me ha dado paz en mi corazón y ha cambiado mi vida. Él está conmigo cada día.

“Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:3-5).

EL CUARTO

Introducción

En la Santa Biblia leemos, “Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios: y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (Apocalipsis 20:12). Esto es evidencia que Dios mantiene un registro.

El joven Joshua Harris de Maryland, EUA, estaba pasando un tiempo en Puerto Rico. Una noche él tuvo un sueño. Él sintió que Dios le dio este sueño de reprensión a causa de su infidelidad. Éste le recordó de la sangre de Jesús, y su poder que transforma vidas. Quisiéramos compartir este sueño contigo.

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El Cuarto

En ese estado entre sueños y desvelo, me encontré en el cuarto. No había características sobresalientes, salvo que una de las paredes parecía un archivador y estaba lleno de archivos pequeños. Estos eran como los que hay en las bibliotecas donde ponen el título por autor o tema en orden alfabético. Estos archivos parecían extenderse sin fin en ambas direcciones, y tenían títulos muy distintos. Cuando me acerqué al archivador, el primer título que me llamó la atención decía, “Señoritas que he querido”. Lo abrí y comencé a hojear las fichas. Pronto lo cerré, asombrado al reconocer los nombres apuntados en cada ficha.

Entonces, sin que nadie me dijera, sabía exactamente donde me encontraba. Este cuarto sin vida, con sus archivos, era un sistema simple clasificando mi propia vida. Aquí estaban escritas mis acciones de cada momento, grandes o chicas, tan bien detalladas que mi memoria no lo podía igualar.

Un sentir de asombro y curiosidad, junto con horror, se agitó dentro de mí cuando empecé a abrir diferentes archivos para averiguar su contenido. Algunos me traían gozo y dulces recuerdos. Otros me traían juicio y vergüenza con un remordimiento tan intenso que tenía que mirar alrededor para ver si alguien me estaba mirando. Una ficha con título de “Amigos” estaba junto a otra marcada “Amigos que he traicionado”.

Los títulos variaban desde lo más ordinario hasta lo más extraño, tales como: “Libros que he leído”, “Mentiras que he contado”, “Consuelos que he dado”, “Chistes que me han hecho reír”. Algunos eran hilarantes por su exactitud: “Cosas que he gritado a mis hermanos”. Había otros más serios: “Cosas que he murmurado contra mis padres”. El contenido de las fichas me dejó sorprendido. Muchas veces encontré más fichas de lo que esperaba, y a veces menos.

Estaba abatido por la totalidad del contenido del archivador. ¿Sería posible que hubiera tiempo en mis veinte años para anotar las miles de entradas, posiblemente millones, que contenían los archivos? Cada ficha confirmaba esta verdad; cada una de estas fichas fue escrita en mi propia letra y firmada con mi firma.

Cuando saqué el archivo con el título “Canciones que he escuchado”, me dio cuenta que el archivo crecía para dar cabida a las fichas que estaban adentro. Estaba abarrotado de fichas, y después de dos o tres metros no había encontrado el fin del archivo. Lo cerré avergonzado, no tanto por la calidad de la música sino por la cantidad excesiva de tiempo que este archivo representaba.

Cuando llegué al archivo titulado, “Pensamientos inmorales”, sentí un estremecimiento que corrió a lo largo de mi cuerpo. Lo abrí lo menos posible para sacar una ficha porque no quería poner su tamaño a prueba. Me estremecí otra vez al ver la anotación con todos los detalles. Me sentía muy mal al pensar que tal momento había sido registrado.

De repente me entró una furia, y un sólo pensamiento dominaba mi mente, “¡Nadie jamás deberá ver estas fichas! ¡Las tengo que destruir!” En la locura que me entró, tiré el archivo completamente del archivador. Su tamaño ya no importaba. Tenía que vaciarlo y quemar las fichas. Tomé el archivo, lo volteé y comencé a golpearlo en el piso, pero no podía desalojar ni una. Desesperado, saqué una, y traté de romperla, pero tenía la resistencia de acero.

Totalmente derrotado y sin esperanza, regresé el archivo a su lugar. Inclinando mi frente contra la pared, suspiré lastimeramente. Fue entonces cuando vi el archivo que decía, “Personas con quien he compartido el evangelio”. El tirador del cajón brillaba más que los otros alrededor, era más nuevo y casi sin uso. Abrí el archivo y en mis manos cayó una cajita de diez centímetros. Conté menos que cinco fichas.

Entonces empecé a llorar. Los sollozos eran tan profundos que sacudían mi cuerpo. Caí de rodillas y lloré de la vergüenza que abrumaba mi ser. A causa de mis lágrimas, las fichas se arremolinaban en mi vista. Nadie, nunca jamás, debe hallar este cuarto. Lo cerraré y esconderé la llave.

Me sequé los ojos, y fue entonces cuando lo vi. Exclamé: “¡No, por favor, Él no! Aquí no. Cualquier otra persona salvo Jesús, no”.

Indefenso, yo miraba mientras que Jesús empezó a abrir los archivos y leer las fichas. No podía soportar ver su reacción, pero en los momentos que me fijaba en su rostro vi una lástima aun más profunda que la mía. Me parecía que Él se dirigía a las fichas peores. ¿Por qué leía cada una de ellas?

Por fin, dio vuelta y me miró del otro lado del cuarto. En sus ojos se miraba lástima. Era una lástima que no me enojó. Bajé la cabeza, cubrí mi rostro con mis manos y comencé a llorar otra vez. Él se arrimó donde yo estaba y puso su brazo en mi hombro. Él pudiera haber dicho muchas cosas, pero no dijo nada. Sólo lloró conmigo.

Luego se levantó y regresó a la pared de archivos. Empezando desde un lado del cuarto, sacó uno de los archivos, y una tras otra, comenzó a firmar su nombre sobre mi firma en cada ficha.

“¡No!” grité, apresurando a Él. Lo único que pude decirle fue, “¡No, no!” al quitarle la tarjeta. El nombre de Él no debe aparecer en estas fichas. Pero ahí estaba, escrito en un rojo tan rico, tan oscuro, tan vivo. El nombre de Jesús cubría el mío. Fue escrito con su sangre.

Cariñosamente recogió la ficha. Con una sonrisa triste, seguía firmándolas. Nunca llegaré a comprender como fue posible que Él terminara tan pronto, pero en un momento cerró el último archivo y regresó a mi lado. Puso su mano sobre mi hombro y dijo, “Consumado es”.

Me puse en pie, y Él me condujo fuera del cuarto. La puerta no tenía seguro. Restaban tarjetas para llenar.

THE ROOM Copyright © 1995 by New Attitudes/Joshua Harris

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¿Te has preguntado alguna vez cómo vea Dios tu vida? Jesús nos dice: “que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio” (Mateo 12:36). Si somos honrados con nosotros mismos, reconoceremos con tristeza y lamentos que hemos faltado en nuestros pensamientos y en nuestras acciones. Nosotros, también, nos avergonzaremos por los pensamientos malos y los hechos cometidos secretamente. La Biblia dice en Romanos 2:16 que, “Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres”. El apóstol Pedro predicó: “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio” (Hechos 3:19). ¿Ha borrado Jesús tus pecados, o todavía te persiguen?

¿Quisieras ser librado? ¿Te sobrecargan los pensamientos y hechos del pasado? Nuestros pecados son un gran peso en nuestros corazones y vidas. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 1:8). “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

Jesús ofrece el perdón. Él vino al mundo y derramó su sangre para todos los pecadores. El plan de la salvación es completo. ¿Quisieras ser sanado de tu pecado? “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36; Salmos 51). ¡Ven a Cristo ahora! Arrepiéntete y confiesa tus pecados. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Confíate en Jesús, Él te dará una vida que satisface. Él te dará dirección para tu vida cotidiana.