¿HÁS OÍDO? ¡ES PARA TI!

Todos Han Pecado

Muchas personas hoy en día son semejantes al hombre que dijo: “No soy suficientemente bueno para ir al cielo, ni tan malo para ir al infierno.” Se creen más o menos buenos y que de alguna manera Dios les dará un hogar en el cielo.

¿Qué dice la Biblia acerca del hombre? Dice así: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jeremías 17:9). “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10). Todos han pecado; yo he pecado, tú has pecado. Somos como el hombre que se encontraba perdido en un bosque. Al fin se encontraba tan confundido que se sentó y esperó que alguien le viniera a encontrar. ¿Te encuentras tú perdido? ¿Sabes a dónde ir?

Hay Esperanza Para Ti

No es necesario que vivas en pecado y estés perdido. No necesitas desesperarte. Jesucristo abrió el camino para que todos vivan una vida feliz. Él te abrió la puerta del cielo. No importa si eres pobre como un mendigo, o rico como un millonario, si eres muy respetado o no, tú tienes la oportunidad de aceptar al Señor Jesús. Él dice en su Palabra: “Y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Hay esperanza para ti. Puedes acercarte al amigo de todos los hombres y ser salvo de tus pecados.

Jesús Te Dará Paz

Un profesor extendió su reloj de oro diciendo: “El niño que venga a recibir este reloj se puede quedar con él”. Ninguno de los niños se adelantó a recibirlo sino el niño más pequeño que se encontraba en la clase. Para sorpresa de todos, él recibió el reloj. Los demás simplemente no le habían creído. Ellos pensaron que la oferta era demasiado buena para ser cierta. Ahora la oportunidad se había pasado. Aquel niño ganó el premio.

Jesús ofrece un premio aún más grande. Él dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Mucha gente ya aceptó esta llamada; ¿y tú? Jesús te está llamando ahora. Estas palabras son para ti. Si estás cansado del pecado, si te sientes atribulado, acércate a aquel que te dará descanso. Él borrará tu pasado pecaminoso. Cargará sobre Sí la carga que te agobia. Él puede aliviar todas tus turbaciones, porque tiene cuidado de ti. Él extiende su brazo para ayudarte ahora.

Tú Puedes Aceptar Su Don Ahora

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El niño creyó las palabras de su maestro, se acercó al escritorio y recibió el reloj. De la misma manera tú puedes recibir el don que Jesús te ofrece hoy.

Te preguntas: “¿qué haré?” La palabra de Dios dice: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31). Al mirar al Señor ves que tan pecador eres y dirás: “No hay esperanza para mí, de esta manera no puedo acercarme al Señor.” Escucha las palabras del Señor Jesús: “Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados” (Mateo 11:28). Él no te manda librarte de tus pecados, y limpiar tu vida para acercarte a Él. No, acércate tal y como eres. Cuéntale tus pecados, tus angustias y confiesa tus pecados con quien has faltado. Cree que Él te escucha. Extiende tu mano y cree, así como lo hizo el niño. Él te dará paz y descanso a tu alma.

Vamos a ver que más dice Jesús: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24). Fíjate en la última parte del verso, “ha pasado de muerte a vida.” Esto no necesita tomar mucho tiempo. El precio esta pagado y ahora mismo puedes ser librado. Él pagó el precio cuando murió en la cruz. Allí fueron pagados tus pecados. Pero necesitas mirar en fe a Jesús quien murió en la cruz en tu lugar.

¿Puedes creer esto? ¿Puedes creer a Jesús y su Palabra y dejarle la carga de tus angustias y pecados? Ora a Él, arrepiéntete, confiesa tus pecados y recibe gratis el don de paz. Nace de nuevo y sé un hijo de Dios. Jesús dice en el capítulo tres de Juan: “Os es necesario nacer de nuevo.” Esto quiere decir nacer del Espíritu Santo.

Puedes Tener Gozo Viviendo Con Cristo

Cuando has nacido de nuevo, el deseo que antes tenías de pecar se pasa. El pecado ya no te parece tan atractivo. Tu corazón se llena de paz, y ya no tienes placer en la insensatez del mundo.

Ahora te gozas en la palabra de Dios. La lees, la escuchas y la estudias. Aun puedes amar a aquellos que antes no querías. Tienes comunión con Dios por medio de la oración en tu hogar, en la iglesia, y recibes fuerza para decirle no al tentador. Cuando llegan las tentaciones sabes que Dios está cerca, presto para ayudarte en tiempos difíciles. Al crecer en la vida cristiana encuentras que la oración es el aliento vital de la vida del cristiano. No puedes permanecer sin la oración.

Puedes Trabajar por Jesús

Sabiendo que el Señor te ha salvado deseas hacer algo por Él. Lo primero que haces es contarles a otros la experiencia que has tenido con el Señor. Tu corazón ahora rebosa de gozo y deseas que otros tengan la misma experiencia.

Al llegar a conocer mejor la Palabra de Dios, puedes extenderte más y ayudar a aquellos que están en pecado. Puedes ayudar con el trabajo en la iglesia. Puedes enseñar la escuela dominical, ayudar en las clases bíblicas y con el culto en la iglesia. En público puedes testificar por el Señor. Dios te guiará a una vida activa. De esta manera honras a Dios y muestras tu agradecimiento por lo que Él ha hecho en tu vida. Dios llama a cada cristiano a su servicio.

El apóstol Pablo nos da muy buenas instrucciones acerca de esto. Él dice: “Hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:58).

Es menester obedecer la Palabra de Dios y al Espíritu Santo quien nos guía en la buena senda. Jesús dio mucho énfasis a que debemos ser hacedores de la voluntad de nuestro Padre celestial. (Mateo 7:21).

Dios Te Recompensará

¿Cómo te recompensará Dios? Verdaderamente hay dos etapas de recompensa; una aquí en esta vida, y la otra en la vida venidera.

Vamos a ver otra vez las palabras de Jesús. Él dice: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). La paz de la cual Él habla aquí es para aquellos que tienen sus pecados perdonados, cuyos corazones son emblanquecidos por medio de la sangre de Cristo. Esta paz es para aquellos que han entregado completamente su vida al Señor. Él da esta paz a los hombres para que su vida cristiana sea de valor. Al dirigirte a Él con todos tus problemas puedes tener la paz en tu corazón. Esta es parte de la recompensa.

Él te ayuda a resistir la tentación. Él escucha tu oración cuando le pides ayuda.

Si permaneces fiel al Señor tendrás recompensa en el cielo. En esta vida tendrás desilusiones, pero en el cielo, gozo eterno. Al llegar al cielo todas las tribulaciones y cuidados de esta vida habrán pasado. Allá estarás eternamente con Dios, con los ángeles y con todos los cristianos fieles. Será la recompensa eterna.

Jesús Viene Pronto

La Biblia nos dice que Jesús vendrá otra vez. Ahora no vendrá como amante Salvador. Esta vez vendrá como un juez y “Pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mateo 16:27). El pecador irá al lugar preparado para el diablo y sus ángeles. Allí la esperanza se habrá terminado. Nadie estando allí podrá dirigirse a Dios y alcanzar perdón. La Biblia lo describe como, “tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 8:12). Jesús nos advierte acerca del lugar, “donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga” (Marcos 9:44).

Como hijo de Dios no necesitas temer la venida del Señor Jesús. Jesús viene para llevar a sus hijos al cielo. Él dice: “Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo” (Marcos 13:33).

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SEGURIDAD EN CRISTO

La seguridad para todos los cristianos se encuentra en Cristo. Él murió por nosotros, nos perdonó y prometió un hogar en el cielo para los fieles. Allá estaremos eternamente seguros en su presencia resplandeciente. Aun hoy en día los cristianos pueden tener una tranquila seguridad de salvación entre tanto que permanezcan fieles. Mientras viven, tienen la dirección del Espíritu Santo y cuando mueren, tienen la promesa de un hogar futuro en el cielo.

La redención es disponible para todos

Dios creó la humanidad con el propósito de honrar y glorificarle. Sabiendo que el ser humano iba a caer, Dios planeaba desde la creación redimirlo (Mateo 25:34). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:16-17). Esta redención es para toda la humanidad, como fue proclamado por Jesús en la gran invitación: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

¿Predestinación o escogimiento?

Algunos enseñan que Dios ha predeterminado todo lo que sucede. Según esta doctrina, algunas personas son predestinadas a la vida eterna y otras a la muerte eterna. Creen que su destino eterno no depende de su fe propia ni elecciones personales, sino de lo que Dios ha escogido por ellos. Algunos aun creen que una vez que el pecador ha nacido de nuevo, es imposible que Satanás le lleve a tal persona otra vez al pecado. También enseñan que el nacimiento nuevo comprueba que uno es predestinado al cielo y es incondicional y eternamente seguro.

La Biblia enseña que a Adán y Eva fue dado un mandamiento claro. Ellos escogieron desobedecerlo y por esto fueron castigados. Por toda la Escritura se enseña que el hombre es responsable escoger entre el bien y el mal, la vida y la muerte. Moisés exhortó a los hebreos: “Escoge, pues, la vida” (Deuteronomio 30:19). Josué dijo: “Escogeos hoy a quién sirváis” (Josué 24:15). Sin duda, Adán y Eva podrían haber escogido a obedecer; tú y yo también podemos escoger. Si escogemos la voluntad de Dios para nuestra vida, él nos salva y nos bendice. Si escogemos la vía del pecado, seremos castigados (Romanos 6:23).

Dios quiere que todos sean salvos

Un principio esencial enseñado en la Palabra de Dios es esto: la voluntad de Dios es que todos los seres humanos sean salvos. “El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). “Sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). Debemos concluir que los que se pierden no fueron seleccionados de antemano para el infierno, sino que escogieron no arrepentirse ni creer.

La salvación es condicional

Texto completo de: SEGURIDAD EN CRISTO

El apóstol Pedro, después de dar una fórmula especial para crecimiento espiritual, invita a los creyentes a aceptar “preciosas y grandísimas promesas”, y añadir a sus vidas varias cualidades cristianas. Luego dice a los creyentes: “Procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás” (2 Pedro 1:10). Esto indica que la salvación es condicional; depende de la fidelidad de uno. Jesús dice: “Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20).

Entonces, ¿qué quería decir Jesús cuando dijo?: “Nadie las arrebatará (mis ovejas) de mi mano”. Vea Juan 10:27-29. Al examinar esta escritura, notamos dos requisitos si las ovejas quieren que el Padre les guarde. Ellos tienen que oír su voz y seguirle en obediencia. No se permite que ninguna persona o poder le arrebate de su custodia segura. Sin embargo, si una oveja, de su propia elección, se descuida en oír y obedecer al Pastor, pronto se extravía de su lado.

Un pecador que responde al llamamiento a la salvación y se salva tiene que seguir a Cristo de allí en adelante. Jesús mandó a los discípulos enseñar a los creyentes bautizados “todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:20). Jesús quería que ellos siguieran en sus pisadas (1 Pedro 2:21) para permanecer salvos. Esta es una condición de nuestra salvación.

Apostarse es posible

En Mateo 18:15-17 Jesús enseña que un creyente que peca y resiste corrección perderá su salvación. Esta escritura da dirección a la iglesia como tratar con miembros desobedientes. Jesús da el mismo pensamiento en la parábola de la vid y los pámpanos. “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden” (Juan 15:6). Aquí Jesús claramente describe a uno que fue un pámpano (creyente) en la vid pero no permanecía en su doctrina. ¡Pereció!

En 2 Pedro capítulo 2, el apóstol escribe de personas “que han dejado el camino recto, y se han extraviado” (verso 15). Es muy claro que habla de creyentes errados y del juicio de Dios sobre tales. “Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado” (vv. 20-21).

La enseñanza de la seguridad eterna sin condiciones no es compatible con la doctrina de la disciplina de la iglesia enseñada por Cristo y los apóstoles.

Hay fundamento por las advertencias bíblicas

Jesús muchas veces amonestaba a sus discípulos que tuvieran cuidado: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Marcos 14:38). Vea 1 Pedro 5:8, Mateo 24:24, Marcos 13:35-37, Lucas 18:1, Efesios 6:11, 1 Corintios 10:12. “Guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza” (2 Pedro 3:17). Pablo escribe de la necesidad de disciplinar su propia vida y dio esta razón: “No sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:27).

Ejemplos en las Escrituras de apóstatas

Las Escrituras relatan ejemplos de personas que una vez eran creyentes cristianos pero se volvieron infieles.

Acerca de Judas Iscariote, Jesús dijo: “¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?” (Juan 6:70). Tal vez unos dirían que nunca estaba convertido. ¿Daría Jesús el apostolado a Judas si no estuviera salvo? ¿Le mandaría a predicar, sanar y echar fuera a los demonios? Esto no es razonable. Pedro dijo de Judas: “y era contado con nosotros, y tenía parte en este ministerio…de que cayó Judas por transgresión” (Hechos 1:17, 25). ¿Podría haberse extraviado si no hubiera sido salvo?

El libro de Apocalipsis registra los mensajes del Señor a las siete iglesias de Asia y ruega a los que se encontraban faltando que se arrepintieran. Si no se arrepintieran, el Señor dijo que sus nombres serían borrados del libro de la vida. Por ejemplo, el líder de Efeso fue alabado por sus obras fieles, pero reprendido por haber dejado su primer amor. El mensaje continúa: “Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido” (Apocalipsis 2:5). El mensaje a cada una de las siete iglesias terminó con una promesa “al que venciere”. Las estratagemas de Satanás son tales que los creyentes continuamente tienen que mantenerse cuidadoso en caso de que caigan. Sólo por la gracia de Dios y su Espíritu por dentro podemos ser vencedores.

¿Quién es predestinado al cielo?

Mucho del capítulo 8 de Romanos se dedica al tópico de “La vida en el Espíritu”. Es evidente que para ser salvo hay que andar conforme al Espíritu (v.1), ocuparse del Espíritu (v.6) y no vivir conforme a la carne (v. 13). Vivir tal vida santa es esencial para la salvación. Dios llama a todos a la salvación. Por lo tanto, nadie es predestinado a ser perdido. Por supuesto, Dios ve el futuro, pero eso no afecta en ninguna manera el libre albedrío del hombre ni la necesidad de escoger rectamente en esta vida. La presciencia de Dios es la base por lo que Pablo escribió en Efesios 1:4-12. Se revela otra hermosa verdad en estos versos. Para los que escogen a Dios y su camino, el Padre ha hecho plena preparación para el viaje al cielo. Él los acepta como los suyos (v.6), les da perdón de sus pecados (v.7), les da sabiduría y prudencia (v.8), les enseña su voluntad y propósito para la vida (v.9), promete unirlos (v.10) y les provee una herencia como hijos de su familia (v. 11). El Padre ha hecho cada preparación necesaria y en este sentido les ha “predestinado” a la gloria. Si un creyente no llega a esta meta, será por falta de él, y no por la del Padre.

Supongamos que un amigo amado de lejos nos invita a visitarlo. Sabiendo que no tenemos fondos para hacer el viaje, nos manda dinero suficiente para comenzarlo y también nos informa de unos bancos por nuestra ruta donde podemos conseguir más. Nos manda un mapa detallado en que nuestra ruta está marcada. Incluye muchas notas describiendo puntos de referencia, desvíos, zonas de construcción, lugares de peligro y también lugares de interés especial donde podemos entrar para refrescarnos.

Además, las instrucciones de nuestro amigo nos hablan de lugares donde podemos conseguir comida buena y alojamiento. Incluido con la invitación está este mensaje: “Aquí está mi número de teléfono. Si pierdes el camino o tienes problemas con tu automóvil, sólo que me hables y te mandaré ayuda. Por favor, llegas tan pronto que sea posible”.

Esto es un ejemplo de lo que Dios ha hecho y está haciendo por nosotros. Estamos muy seguros en cuanto seguimos su mapa y utilizamos los recursos que ha provisto. En verdad, no hay porque no llegar a la casa de nuestro Padre. Como en la ilustración, podemos escoger otros caminos, tomar desvíos o gastar los recursos que él ha dado para seguir placeres o comprar otras cosas. De esta manera podemos escoger errar del camino. Dios nos ha preparado el camino al cielo, y los principios de la Biblia nos enseñan que la fe en Cristo y una vida de santidad es lo que lo hace posible. Dios ha hecho lo mejor. Ahora nosotros tenemos que poner nuestra parte. Él nos creó. Creó el cielo para nosotros. Desgraciadamente, Satanás está tratando de destruir el plan de Dios. Es nuestro deber resistir las fuerzas malignas, entregar nuestra vida a Dios, poner atención a las advertencias de la Biblia y vivir una vida santa. Entonces, habiendo vencido al mundo, esperamos su segunda venida con confianza.

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ESCAPAR DE LA DESESPERACIÓN

Out of despair

Recuerdo cuando niño que vivía en una casa muy pequeña en una reserva con mi padre, madre y hermano pequeño. La casa tenía dos pequeñas habitaciones y un entretecho. Puedo recordar estando sola en varias ocasiones con mi hermanito, comiendo avena cruda y dando leche en polvo a mi hermano en su biberón. Mi madre y padre iban a la ciudad a tomar y no volvían hasta por un día o más. Muchas veces nos quedábamos en un vehículo fuera de la cantina hasta tarde en la noche esperando a nuestros padres. Salían y nos daban papas fritas y soda y otra vez entraban.

Recuerdo que una noche mis padres me acostaron en la cama y salieron. Pude verlos caminando en la oscuridad hacia la carretera donde pedían aventón para viajar al pueblo. En vano, yo llamaba y lloraba, pero ellos seguían caminando. No regresaban por varios días. Recuerdo que iba a donde mis vecinos a quedarme con ellos. De vez en cuando yo volvía a casa a ver si mis padres habían vuelto, y por fin un día los encontré allí. Mi mamá estaba lavando la ropa, pero no sé dónde estaba mi padre. A veces mi madre dejaba a mi padre. Luego mi padre iría en busca de ella para traerla a casa. Pelearon mucho.

Creo que fue durante este tiempo que alguien denunció nuestra situación a los servicios sociales porque no mucho tiempo después la policía vino y llevaron a mí y a mi hermano. Recuerdo que trataba de huir y mi padre, llorando, me agarró y me dijo que tenía que ir. Yo estaba sentada en el coche de la policía, llorando. Me llevaron a un lugar desconocido. Luego me llevaron a un hogar de acogida. Estaba con un hombre y una mujer. El hombre no era un buen hombre. Fue una experiencia mala.

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Después la trabajadora social vino y me llevó a un internado. Apenas tenía 6 años.

Recuerdo que fui a donde vivía mi tía. Subí la colina corriendo a una antigua casa de palma donde mi tía estaba sentada en la mesa comiendo. Mi madre estaba allí. Me llenó de alegría al verla. Ella fue conmigo y la trabajadora social para encontrar a mi papá. Fuimos a una cantina donde le encontramos. Estaba tan borracho. Me llevó a una tienda y me compró todo tipo de dulces para llevar a la escuela. Cuando llegamos a la escuela me enviaron al patio de recreo mientras mi papá, madre y la trabajadora social tuvieron una reunión.

Mi papá salió al patio de recreo tambaleándose y llorando, queriendo despedirse de mí. Lloré y grité y no quería despegarme de él. Fue la última vez que le vi. Él murió esa Nochebuena, borracho y peleando. Por mucho tiempo, sola, yo lloraba la muerte de él. Lloraba y caminaba por el campo hablando con Dios y con mi papá en las nubes. Yo dejaba trozos de papel u otras cosas en un lugar específico y decía a mi papá que lo recogiera si él me podía escuchar. Muchas veces los encontraba en el mismo lugar.

Ese verano recuerdo que fui a la casa de mi abuelo y abuela. Mi madre estaba allí. Yo todavía esperaba ver a mi papá. Mi madre lloraba mucho y cantaba: “¿Cuán lejos es el cielo? Yo quiero saber. Amo a mi papá, y lo quiero ver.”. Yo quería mucho a mi madre; me llamaba su nena. Ella era muy bonita y siempre se vestía muy bien. Ella iba al sur para recoger manzanas en el otoño del año.

Un año mi madre volvió a casa con un hombre desconocido. Cada año que ella vino a la casa de mis abuelos estaba embarazada. Dejaba al niño con mi abuela.

Yo era la segunda de nueve hermanos. Mi abuela había dejado de tomar y asumió la responsabilidad de cuidar de nosotros. Mi abuelo se dedicaba al trabajo agrícola para ganar dinero. Mi abuela recibía fondos del gobierno para cuidar de nosotros y la vida parecía normal por algunos años.

La casa era vieja y amplia y muchos parientes venían a pasar la noche. Tomaban y hacían fiesta. Mi hermana y yo estábamos asistiendo a una escuela pública. Mi abuela hacía mucha costura para que nosotros siempre estuviéramos bien vestidos. Ella también era muy buena cocinera.

Hicimos todas las cosas normales de niños: montar bicicleta, nadar, el patinaje, la pesca, tirarse en trineos y las tareas del hogar. En tiempo del verano, caminábamos de noche al arroyo para bañarnos. No teníamos mucho, pero la abuela nos enseñó todo lo básico de la etiqueta, limpieza y trabajo.

Cuando tenía diez años me parecía que mi abuela era muy estricta. Nos azotaba con un palito de sauce que nosotros mismos tuvimos que ir a elegir, y si no era suficientemente fuerte ella conseguía una más gruesa.

Con el tiempo ella empezó a tomar otra vez. Una mujer le había convencido de probar la ginebra de limón porque era tan bueno. Nuestro mundo normal comenzó a desplomarse.

Fue durante este tiempo que yo fui violada. Después de eso no me importaba lo que ocurría. Yo peleaba, hacía novillos y comencé a fumar. Me estaba poniendo rebelde.

Fui separada de mis hermanos, a excepción de Jorge. Él fue adoptado en un hogar inglés cuando era un bebé.

El último año que nos mandaron a la escuela residencial me metí en un montón de problemas. Robaba comida de la cocina. Todavía mojaba la cama. Probaba muchas cosas para poder dejar de mojar la cama. Me sentí mal, despreciada, avergonzada, menos que humana, enojada y lastimada. Parecía que donde quiera que fuera, siempre llevaba un dolor que no podía entender ni identificar. Recuerdo que fui a la ciudad un sábado. Estaba con unas chicas y robamos una botella de whisky de un hombre borracho en la calle y nos emborrachamos. Me enviaron al reformatorio para jóvenes por seis meses.

Después volví a vivir con mi abuela. Fue la última vez que vi a mi hermano Manny, hasta que le vi 21 años después en el funeral de mi hermano Tony. Tony se había ahorcado, y sus dos hijos lo encontraron en el sótano de su casa. Manny fue severamente afectado por el síndrome alcohólico fetal (SAF) debido a la fuerte adicción de mi madre y el padre de él. Mide 135 centímetros de altura con la frente saliente, ojos pequeños, labios grandes y con una mentalidad de un niño de 6 años de edad. Todo por culpa del alcohol. Él casi no podía creer que yo era su hermana; estaba tan feliz de verme. Él siempre me tocaba, sonría y se quedaba a mi lado.

Llegué a casa ese verano y descubrí que realmente no tenía un hogar. Viví con mi abuela y su hermana por algún tiempo y por otro tiempo en bodegas de mis amigas. Íbamos al basurero para conseguir comida que las tiendas de abarrotes botaban allí. Ese año tuve varias experiencias malas con el alcohol. En el otoño mis abuelos compraron una pequeña cabaña de 4,5 metros cuadrados donde vivíamos. En ese tiempo estaba asistiendo a la escuela pública, y fui tan avergonzada cuando no podía encontrar ropa limpia o calcetines emparejados que a veces no iba. Los directores de la escuela se pusieron en contacto con mis abuelos y fue entonces que me entregaron a los servicios sociales.

Me pusieron en un hogar de acogida. La mujer fue blanca y el hombre fue un indígeno. Eran estrictos, pero nos enseñaron mucho. Él nos pegaba con una manguera de jardín cuando éramos traviesos. En el verano sembramos un enorme jardín de verduras frescas para venderlas a la gente de la ciudad. Era un lugar hermoso. Nadamos en el río durante todo el verano. Nuestros padres de acogida nos daban un dinero semanal por el trabajo que realizamos.

Cuando sufría dolor o me sentía sola, haría largas caminatas por las colinas cerca de nuestra casa. Allí hablaba y derramaba los contenidos de mi corazón a Dios. No me di cuenta en ese entonces que era una terapia emocional para mí, pero sentí que me ayudaba.

Empecé otra vez a asistir a la escuela pública. Me iba bien hasta que comencé a batallar con mis calificaciones. Comencé a hacer novillos y juntarme con unos jóvenes errantes. Siempre me sentía inferior porque yo era una niña de acogida e indígena y no parecía estar al nivel de los demás.

Había comenzado a experimentar con el LSD y marihuana. La segunda vez con el LSD tuve una mala experiencia. Yo supongo que me sirvió de bien porque tenía miedo de probarlo de nuevo. Sufrí los efectos secundarios de esa mala experiencia con el LSD por varios años.

Me involucré con un hombre y quedé embarazada. Nuestra relación fue muy tormentosa. Después de que nació mi hijo, compramos una pequeña casa rodante. El alcohol me estaba venciendo cada vez más. Tenía miedo de quedarme sola en la noche y por eso tomaba para adormecerme, y mi adicción progresó. Me accidenté con el carro y no recordé nada. No tenía licencia de conducir. Mi familia, que ahora vivía más cerca de mí, no me ayudaba con mi problema con el alcohol. Intenté suicidarme varias veces porque empecé a odiar a mí mismo y a mi problema desesperada con el alcohol.

Traté de escapar a través de las drogas y el alcohol. Mi vida era sin esperanza. Probé varios centros de tratamiento y los Alcohólicos Anónimos, pero parece que no podía mantenerme sobria más de tres meses. Durante este tiempo me separé y volví a juntarme con el padre de mis tres hijos varias veces. Al fin llevé a mis hijos y me separé de él. No era fácil criar mis hijos sola, pero siempre creía en Dios y de alguna manera me ayudaba. Conocí a muchas personas que siempre estaban dispuestas a ayudar.

Conseguí un buen trabajo con una organización indígena. Entrevisté a todas las mujeres aborígenes haciendo una encuesta para el gobierno. Conocí a mi marido en un club de sobrios. Poco después de eso nos casamos. Tratamos de ajustarnos a una vida con seis niños, entre 5 y 16 años de edad. Era muy difícil. Teníamos muchas luchas. Yo sentí muy insegura. Había decidido dejarle cuando él tuvo un accidente grave, y yo no podía dejarle así. Me quedé con él, y él se recuperó. En ese tiempo hubo unas reuniones evangélicas en frente de nuestra casa. Mi marido dijo que se iba a volver a la iglesia y a Dios y que iba a ir a las reuniones. Me preguntó si quería ir también, y le dije que no. Cuando él empezó a asistir, cambié de mente y me fui con él. Este fue el comienzo de nuestra caminata al Señor.

Empezamos a asistir a la iglesia. Allí conocimos a una pareja. Él era un pastor. Les conté acerca de mi vida. Me dijeron que Dios podría ayudar. Me preguntaron a dónde iría si me muriera. Les dije que no estaba segura. Me sentí de esa manera porque estaba avergonzada de mí misma. Yo sabía que no estaba bien con Dios. Explicaron el amor de Cristo por mí. Me dijeron que él me ama y que me perdonaría. ¡Oh, el perdón! Solo él puede restaurarme, transformarme y perdonarme. No soy nada sin él. Todos cometemos errores. Nadie es perfecto. Todos sienten vergüenza, dolores y heridas. Lloré mucho y le pedí a Dios que me perdonara. Algo sucedió esa noche. Jesús entró en mi corazón. Él me salvó. No tenemos que ser cargados con los pecados de nuestro pasado. Podemos ser perdonados y seguir adelante con una conciencia libre.

Quisiera decir que la vida era perfecta después de eso, pero no fue así. Tuve que seguir haciendo frente a los retos que la vida da. Pero Jesús estaba allí conmigo. Me mantuve sobria y comencé a crecer en mi vida cristiana. Comencé a asistir a la iglesia.

En cuanto el Señor me mostraba más de la vida cristiana, mis pensamientos, acciones y creencias cambiaron. Empecé a oponerme a asuntos no cristianos en el trabajo y perdí mi empleo. Yo estaba desolada, pero más tarde me di cuenta de que fue lo mejor que me pudo haber pasado.

Empecé a ser una madre a mis hijos. Empecé a leer la Biblia en cada ocasión que podía. Dios comenzó a reprenderme acerca de mi apariencia. Comencé a vestirme más modestamente. También me deshice del televisor y el material de lectura mala. No me di cuenta de cuánto era adicta a la tele hasta que ya no la tenía.

Un día me di cuenta de los niños con quienes nuestra hija jugaba. Yo quería tener una escuela bíblica con ellos. Hice unas invitaciones y las repartí. Tuvimos la escuela bíblica por cinco días, del lunes al viernes. Cada día había más niños. El último día tuvimos un asado de salchichas y más que veintiséis niños llegaron. Les dimos Biblias a todos. Estaban tan contentos de tener sus propias Biblias y encontrar los versículos que habían memorizado. ¡Qué bendición!

Algunos años después, nuestra hija tuvo una experiencia personal con el Señor. Sabíamos que era el Espíritu que le había tocado. Fue la cosa mejor que jamás le había pasado. Creemos que Dios quiso que estuviéramos ahí para ella. Es una vida maravillosa y hermosa.

Dios me ha dado paz en mi corazón y ha cambiado mi vida. Él está conmigo cada día.

“Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:3-5).

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