EL ESPÍRITU SANTO

El Espíritu Santo es la tercera persona de la divina Trinidad. Él es aquél a quien el Padre envió para estar con sus hijos. Jesús dijo: “Cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí” (Juan 15:26).

El Espíritu Santo no es un objeto lejano o una presencia que no se puede percibir. Él es alguien que fácilmente puede ser identificado; alguien con quien podemos relacionarnos o asociarnos. Siendo que él es de Dios, tiene la naturaleza de Dios, y por tanto posee características que le identifican como una persona.

Su personalidad

El Espíritu Santo es benigno. Él no le controla a usted forzadamente sino que con benignidad le guía, le habla, le causa tristeza cuando haya hecho el mal y le devuelve al camino recto. El Espíritu Santo puede estar contristado. No le ignore usted a causa de que él es manso y apacible. El apóstol Pablo exhorta de esta manera: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30).

Él alumbrará el entendimiento de usted para que pueda entender las Escrituras. Cuando se encuentra en confusión de que es lo justo, él le ayudará, quitándole las nubes de confusión, si es que usted le escucha atentamente. A veces enviará otros hijos de Dios para ayudarle, y es necesario que usted sea humilde para escucharles. El Espíritu Santo le guiará a usted para que distinga entre la sana doctrina y la falsa. Él le ayudará a encontrar la iglesia que se compone de un cuerpo de cristianos cuya cabeza es Cristo Jesús (véase Efesios 5:32). El Espíritu Santo le ayudará a discernir entre las iglesias que no enseñan el evangelio completo, y la que enseña su voluntad completa. Él desea que usted se arrepienta y se aparte de sus pecados, que sea bautizado y que participe en el compañerismo de los hijos de Dios.

Su propósito

El Espíritu Santo es una persona sin igual que tiene un propósito divino. Él ha sido enviado para cumplir la voluntad del Padre. Su obra es exaltar y glorificar a Cristo Jesús. Él no puede ser detenido por las fuerzas del maligno, sino que sigue su obra en unión con el Padre.

Su venida

Los apóstoles se habían acostumbrado a la presencia y dirección de Jesús. La dirección del Espíritu Santo iba a ser una ventaja mayor que la presencia de Jesús mismo, en esto de que él está presente en todo lugar y en todo tiempo (Juan 16:7).

El Espíritu Santo fue derramado sobre los discípulos en el día de Pentecostés. Ellos estaban juntos esperándole, como Jesús les había mandado. Dios acompañó la llegada de su Espíritu con algunas señales. En Hechos 2:2-3 leemos que “de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba”. En seguida, “se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos”. Él hizo un milagro por medio del cual el evangelio fue proclamado y cada uno que estaba presente en aquel tiempo oyó en su propia lengua. Él usó esta evidencia para la conversión de mucha gente.

Siendo llenos del Espíritu Santo, los discípulos empezaron a predicar a Jesucristo. Su predicación resultó tan eficaz que los que observaban se quedaron maravillados de que estos hombres galileos, sin letras, hablaban de manera que entendían todos en su propia lengua (Hechos 2:4-12). Otros que eran incrédulos se burlaban y decían que estos hombres estaban borrachos. Sin embargo, muchos que oían el evangelio por medio de este milagro creyeron y fueron salvos, y fueron añadidos a la iglesia (Hechos 2:13, 41).

Él vive adentro

El Espíritu Santo vive en los corazones de los hijos de Dios. El Espíritu Santo no es un extranjero para ellos, sino que es un amigo muy personal que les acompaña. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16). Él es alguien que nos entiende y sabe cómo ayudarnos. Es un amigo que tiene cuidado de los que aman a Dios y le obedecen. Cuando se aproximaba el tiempo en que Jesús iba a partir de este tierra para ir al Padre, él dijo a sus amigos: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:16).

El Espíritu Santo no sólo está presente en los corazones de los hijos de Dios, sino que los llena de su presencia. En Hechos 4:31 leemos: “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios”. Le agrada al Espíritu Santo vivir en el corazón que está rendido a Dios. A tal persona él puede hablar y dirigir con toda franqueza.

Su obra

El Espíritu Santo sigue impulsando y atrayendo al Padre a los que viven en el pecado. Él no puede morar en un corazón no rendido y que no cambia, pero con mucha paciencia y amor le guía al arrepentimiento (Juan 16:8).

Cuando una persona somete su voluntad a la voluntad del Padre, es convertido en hijo de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús. Al tal Dios envía su Espíritu. “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gálatas 4:6).

Una persona que está llena del Espíritu Santo se interesa en las actividades y funciones de la iglesia del Dios viviente, y desea participar en ellas. El Espíritu Santo es la vida de la iglesia. Si el Espíritu no morara en ella, se quedaría sin vida.

El Espíritu Santo es quien llama y envía obreros para el mantenimiento y el crecimiento de la iglesia tanto como para la siega del mundo. El Espíritu Santo dijo: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre” (Hechos 13:2, 4). Cuando trabajamos en unión con el Espíritu Santo, él va por delante, preparando el camino y ablandando los corazones. Se regocija en el crecimiento del reino de Dios cuando los hombres, las mujeres y los jóvenes rinden el corazón a Dios y se apartan del pecado.

Él enseña

El Espíritu Santo tiene muchas cosas que enseñarnos. Sus palabras proceden de Dios. Dios tiene toda la sabiduría y el entendimiento que necesitamos, y él lo dará a aquellos que le aman y le obedecen (Juan 14:26). Sus enseñanzas son siempre las mismas, y aun así, siempre nuevas y aplicables a nuestra necesidad actual. Tenemos que estar dispuestos a la enseñanza para poder recibir las instrucciones del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es sensible y puede percibir nuestras intenciones íntimas. Él conoce los pensamientos más secretos y los aprueba o los desaprueba. Él no mora donde se goza, complace y tolera el pecado. Cuando uno consiente y satisface al sí mismo, el Espíritu Santo se sentirá contristado y rechazado.

Él da poder

El Espíritu Santo es el poder que nos da la facultad de vencer al diablo, el adversario del alma. Sin este poder estaríamos sin fuerza ante el maligno. “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad” (Romanos 8:26). Cuando él está a nuestro lado, no tenemos que temer, sabiendo que Dios pelea por nosotros.

Si usted no es un hijo renacido de Dios, ¿ha notado que hay un poder más fuerte que usted mismo, y que éste gobierna sus pensamientos y hechos? Satanás es el príncipe malo. Arrepiéntase usted de sus pecados y crea en Jesús para que él le limpie de todo el mal en su vida. “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altavoz que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:4-5).

Hablar en lenguas

La forma de interpretar y practicar el hablar en lenguas, mencionado en los escritos del apóstol Pablo, ha llevado a muchas iglesias al error y confusión. ¿Causaría tal desorden el Espíritu Santo, nuestro compañero íntimo? Él no puede ser el autor de confusión. En verdad, él cuida de nosotros. Constantemente nos enseña y nos aclara todas las cosas. Sus advertencias benignas no nos dejan con dudas. Al contrario, nos dan dirección.

El hablar en lenguas, como se puede entender en el segundo capítulo de Hechos, tuvo lugar cuando los apóstoles hablaron a personas de distintas nacionalidades reunidas en Jerusalén en aquel tiempo. Este fue un don del Espíritu Santo, dado para la necesidad del momento. El Espíritu Santo ha dado el don de hablar en lenguas mencionado en 1 Corintios 14. Este nunca conduce a la confusión, sino que aclara y edifica. El apóstol Pablo exhorta: “Hágase todo para edificación” (1 Corintios 14:26). El Espíritu Santo de Dios siempre habla para ser entendido. Él conduce a la plena luz. El apóstol Pablo amonesta a la iglesia: “Si no hay intérprete, calle en la iglesia” (1 Corintios 14:28).

Las Escrituras no nos enseñan que es necesario hablar en lenguas para comprobar la presencia del Espíritu Santo. La evidencia de la presencia del Espíritu es el fruto que se manifiesta en la vida del creyente. “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22-23).

Cuando una persona ha nacido de nuevo, el Espíritu Santo mora en él. Antes puede haber sido maldiciente, hablando con palabras ásperas. Ahora, él habla con una lengua nueva las cosas que el Espíritu Santo inspira y dirige.

Los hijos de Dios encuentran en el Espíritu Santo un amigo que los entiende y anima. Mientras que somos fieles a él, no nos negará ni nos abandonará. Él nunca se cansa ni duerme, sino que siempre vela y ayuda. Muchas veces sus palabras son habladas pacíficamente. Sin embargo, son claras y seguras. Él trae consigo la tranquilidad y la paz. Él es el amigo que más necesitamos en este mundo.

Él da la vida eterna

Dios desea darle a usted su Espíritu hoy. Dios dará su Espíritu a aquellos que verdaderamente se arrepientan, confiesen sus pecados y se sometan a su voluntad. Le dará ánimo para que pueda trabajar por Dios. Le dará dones que aumentarán si usted permanece humilde y es obediente a él. Dios nunca da el Espíritu Santo a ninguno que deliberadamente desobedece su Palabra preciosa.

Si el Espíritu Santo mora en nuestros corazones, él nos dará la entrada a la ciudad eterna, la gloria. Solamente aquellos en quienes se encuentra el Espíritu Santo tendrán permiso de entrar en ese descanso eterno. Las personas que solamente tienen las buenas obras y las palabras agradables no serán aprobados por Dios. Él reconocerá aquellos a los cuales ha entregado su Espíritu. “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven… Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).