¿Por Qué Tengo Que Sufrir?

Sufrimiento es parte de la vida. Muchas personas sufren por la enfermedad. Muchos en este mundo sufren hambre con frecuencia. La pobreza es común. Algunos sufren a manos de otra gente, sea en matrimonios difíciles, por padres abusivos o amos opresivos. Por causa de la avaricia y corrupción, la situación política en algunos países resulta en mucha guerra y muerte. Los con profundas convicciones espirituales sufren persecución a causa de la obediencia a sus creencias. Millones de gente en este mundo sufren diariamente. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón?

El sufrimiento entró en este mundo en el principio por causa del pecado. Nos recuerda continuamente de la condición pecaminosa del hombre (Génesis 3:16-19; Romanos 5:12). Por la desobediencia del hombre, el dolor, tribulación y tristeza se hicieron parte cotidiana de su existencia. Siendo que hay pecado en este mundo, el sufrimiento es parte de la vida. No podemos esperar, en esta vida terrenal, ver la erradicación total de la enfermedad ni el fin del sufrimiento. Todos estamos sujetos a esto no importa la posición o nacionalidad.

Muchos sufren innecesariamente porque maltratan su cuerpo o no lo cuidan como deben. Si nos entregamos al tabaco, alcohol, las drogas o una vida descontrolada, exigimos demasiado de nuestro cuerpo. En consecuencia nuestro cuerpo, y tal vez la mente, pueden descomponerse bajo este estrés. Es pecado abusar de nuestro cuerpo (1 Corintios 3:16-17; 6:18-20).

Sin embargo, hay mucho sufrimiento que viene a la raza humana sobre el cual no tenemos control. Viene en forma espontánea tal a los ricos como a los pobres. Ninguno, por bueno que sea, puede tener garantía que será exento. Job, el gran ejemplo de sufrimiento, fue recomendado por Dios como un hombre perfecto y justo. Considere la miseria que sufrió, perdiendo su salud, riqueza y familia. Hasta su esposa le traicionó. Dios fue glorificado por medio del sufrimiento de Job, y Él querría ser glorificado por medio del suyo. Lea Job 1.

Si una persona está enferma, ciega, lisiada, sorda, deforme, estéril, etc., no es necesariamente porque él o sus padres pecaron. Una vez los discípulos preguntaron a Jesús, después de conocer a un ciego: “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?” (Juan 9:2). Jesús respondió: “No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (versículo 3). Después, Jesús sanó al hombre. En algunos casos la mujer estéril sufre injustamente. Es menospreciada y rechazada por las supersticiones y estigmas culturales. Su condición no indica una maldición de Dios, y no debe desesperarse. En este caso, igual que en todas nuestras peticiones a Dios, siempre recordemos que Él sabe lo que es mejor para nosotros.

No es la intención de Dios castigarnos, sino prefiere refinarnos por medio de esta clase de sufrimiento. En realidad, podemos ganar riquezas espirituales por medio de tales experiencias. El sufrimiento saca a la luz lo que verdaderamente somos en lo íntimo del corazón y revela nuestro carácter. Muchos han encontrado que cuando aceptan dificultades y tribulaciones, su corazón ha sido ablandado. La humildad que esto produce nos hace reconocer nuestra dependencia de Dios y su propósito para nosotros. Entonces podemos entender que, por medio de sufrimiento y dificultades, Él piensa atraernos más a Él. Los hermanos de José le vendieron como esclavo. En lugar de amargarse, él permitió que Dios obrara en él. Desempeñó un gran papel en el plan de Dios. Después dijo a sus hermanos arrepentidos: "Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo" (Génesis 50:20). Él fue bendecido por ser sumiso.

El sufrimiento que experimentamos nos hace reflexionar en nosotros mismos. Puede ser que nos sentimos solos en los problemas y pensamos que nadie nos entiende. Las cargas que llevamos tal vez nos parecen más grandes que las que otros llevan. Es fácil darse a la autocompasión y la amargura, pero el ejemplo de José nos muestra como Dios puede bendecirnos al someternos a Él.

En vez de desesperarnos podemos dejar que nuestro sufrimiento glorifique a Dios. Ya conformados a nuestra situación podemos decir con humildad: “Señor, que se haga tu voluntad”. Entonces Dios nos puede hablar. Hay muchos ejemplos de los que han dado gracias a Dios por haberles hecho pasar por el valle de sufrimiento porque les ha causado a detenerse para reflexionar. Entonces reconocen que hay algo más importante en la vida que buscar sus propios deseos y placeres. Muchos testifican que han conocido al Señor por medio del sufrimiento. Entonces cuando tienen que enfrentar la muerte, pueden decir gozosamente con Pablo: “Sorbida es la muerte en victoria.… Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Corintios 15:54, 56-57).

El sufrimiento será el destino eterno de todos los que rechazan a Jesús (Juan 12:48). Sin embargo, los que están dispuestos a sufrir por Jesús en esta vida gozarán de las bendiciones de la eternidad sin ningún sufrimiento (Apocalipsis 21:4). Por medio de humillarnos y aceptar el camino de Dios, y arrepentirnos de nuestros pecados, nuestra ropa será emblanquecida en la sangre del Cordero. Los que son redimidos de esta manera obtendrán el galardón celestial (Apocalipsis 7:13-14).

El sufrimiento nos enseña a ser más compasivos para con otros. Tal vez no visitamos ni oramos mucho por los afligidos hasta que hayamos experimentado personalmente el sufrimiento. "Para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios" (2 Corintios 1:4).

Jesús una vez vivió en esta tierra con un cuerpo semejante al nuestro y nos entiende a nosotros y nuestros sufrimientos. Puede compadecer de nosotros más que cualquier ser humano. Conoce nuestro dolor y nuestro corazón inquieto. Cuando Jesús observó el luto de sus amigos al morir Lázaro, fue conmovido al punto de gemir y llorar (Juan 11:33-35). Él se dio al sufrimiento para la salvación eterna de la humanidad. Si Él, siendo el hijo perfecto de Dios, aceptó esto, debemos estar dispuestos también a padecer aflicción. Los verdaderos seguidores de Dios están prestos a aceptar adversidad, siendo que Él es su ejemplo. Una visión de Jesús, su amor y sacrificio, les causa preguntarse: “¿Por qué seríamos nosotros exentos del sufrimiento?”

Aunque tengamos que sufrir extensamente, podemos descansar cuando aceptamos que Dios lo ha permitido. Dios tiene el plan maestro para nosotros, con cada prueba ha prometido custodiar por nosotros. Cuando el apóstol Pablo aceptó su dificultad o desventaja, llegó a ser una persona feliz y útil. El oró tres veces, pidiendo que Dios quitara el aguijón de su carne, pero Él contestó: "Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad " (2 Corintios 12:9). De igual manera, mientras nos sometemos completamente a Dios y aceptamos nuestro sufrimiento, el poder de Dios nos sostiene. Al aceptar el plan de Dios para nosotros en el sufrimiento, nace una expresión de agradecimiento que bendice nuestro corazón y testifica a los alrededor de nosotros.