EL MODO CRISTIANO DE VESTIR

Hay una manera de vestirse que concuerda con el supremo llamamiento cristiano. Pablo escribe a los filipenses: “Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo” (Filipenses 1:27). La manera en que alguien se viste es como una ventana, dándonos una vista adentro del corazón. Declara la estima que tiene de sí mismo y revela quien manda en su vida. La voluntad de Dios es que el cuerpo humano sea cubierto de manera modesta, sin exhibirse. Los verdaderos discípulos de Cristo siempre se conocen por su vestuario modesto.

Satanás usa varios métodos para minar el estándar de Dios tocante al modo modesto de vestir. Hay ropa que se pone solo para adornar el cuerpo en vez de cubrirlo de manera modesta. El corazón soberbio del hombre se gratifica con cosas lujosas y de moda. Proverbios 21:4 dice: “Altivez de ojos, y orgullo de corazón...son pecado”. Vestimento atrevido llama la atención a la forma del cuerpo humano y promueve deseos y pensamientos de concupiscencia. Ropa ajustada o que no cubre el cuerpo adecuadamente llama la atención, despierta las pasiones del sexo opuesto y contribuye a la inmoralidad. Es alarmante que muchos profesan la piedad, pero tienen en poco la modestia y la pureza. La humanidad ignora la voluntad de Dios en cuanto a la manera de vestir.

Las palabras de Pablo en 1 Corintios 6:19-20 dan una base para la humildad con referencia al vestido. “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”. Notemos que el apóstol no dice que el cristiano glorifique su cuerpo. Mejor que glorifique a Dios en su cuerpo y en su espíritu.

Escribiendo a Timoteo, Pablo explica más amplia los principios cristianos de vestirse. Dirigiéndose a las mujeres, escribe: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad” (1 Timoteo 2:9-10). Pedro también escribe que las mujeres deben evitar los “peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 Pedro 3:3-4). Los “vestidos lujosos” refieren a la ropa que se usa más para adornar que para cubrir el cuerpo de manera modesta. Hay una manera apropiada de vestirse que conviene para el cristiano. Por el otro lado, hay un modo de vestimento que se escoge cuidadosamente para llamar la atención al si mismo y da otra impresión que la de un cristiano sincero y humilde. En Proverbios 6:16-17 leemos que aun los ojos altivos son abominación a Dios.

Las modas del mundo son tan atrayentes porque apelan al orgullo vano del hombre. Algunos desean tanto ser identificados con la última moda que pierden el sentido común y llegan a ser esclavizados a la moda. Ésta es la condición triste de los que profesan el cristianismo, pero no abrazan el principio bíblico de modestia y sencillez en el vestido.

Las costumbres pueden variar entre las culturas, pero la mayoría de las sociedades distinguen entre la ropa del hombre y la de la mujer.

Romanos 12:1-2 se aplica a este tema. “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Esto es una invitación bonita a ofrecer al Señor nuestras vidas en todo aspecto. Aunque estos versículos no solo refieren a la manera de vestir, dan a entender que una santa belleza será emitida de los que son entregados a la voluntad de Dios. Somos bendecidos cuando el atavío del cuerpo físico da testimonio de la presencia de Cristo en nuestras vidas.